Año 24 Número 92 – Marzo 2026
Por Juan Carlos Ortega
Felicidad
Querido Ulises:
El universo es un lugar rematadamente extraño. El problema es que no hay nada con lo que podamos compararlo. Solemos juzgar la rareza de las cosas en función de otras que nos parecen normales. Una bicicleta, un poema o una catedral gótica pueden resultarnos chocantes, pero sólo si hemos conocido bicicletas, poemas o catedrales góticas que no nos han llamado especialmente la atención.
Sin embargo, el universo parece escapar a esta ley basada en el sentido común. Lo consideramos asombroso a pesar de no haber visto jamás universos vulgares. La razón de esta aparente contradicción tiene que ver con nosotros mismos, porque lo cierto es que existe un universo anodino, prosaico y ramplón. Se trata del que todos tenemos instalado en la cabeza, el que asumimos sin hacernos demasiadas preguntas, dándolo todo por supuesto.
La perplejidad y el estupor nos invaden al ser repentinamente conscientes de que la idea del universo que nos habíamos construido no tiene nada que ver con la realidad, cuando comparamos lo que existe con lo que imaginábamos que existía.
Ese súbito aturdimiento que nos alcanza cuando aprendemos lo que la ciencia tiene que decirnos sobre el espacio, el tiempo y las galaxias es una de las mayores alegrías del mundo. Si escribo este libro es para ayudarte a que la sientas tantas veces como sea posible.
Ahora tienes cinco años y no puedes estar leyendo estas páginas. Te esperarán pacientemente hasta que seas mayor. Si he logrado cumplir mi objetivo, entenderás la esencia de las principales ideas que han ido aportando los mejores científicos de la historia, desde los griegos antiguos hasta los que aún caminan sobre nuestro planeta. Gracias a ellos hemos logrado obtener una imagen espectacular del cosmos.
Empezaré desde cero, imaginando que no sabes nada. Y así, poco a poco, sin que ni tú ni yo nos demos cuenta, acabaremos hablando de asuntos importantes. Todo será gradual, cariñosamente escalonado, desde la caída de una piedra hasta el origen del universo.
Ojalá pueda ayudarte y termines comprendiendo que la felicidad, en contra de lo que suele decirse, no está dentro de nosotros, sino ahí fuera.
Gira, pues, la página, y empecemos a mirar al exterior.
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PRIMERA PARTE
EL UNIVERSO INTUITIVO
La Luna
La Luna está allí arriba, colgando de un modo que puede resultar incomprensible. Se ve bastante, y eso ha representado una gran ventaja para todos nosotros. Gracias a ella, pudimos ver por la noche cuando aún no disponíamos de iluminación eléctrica.
Sería fácil, por tanto, caer en la tentación de agradecer a Alguien o a Algo su presencia en el cielo. Después de todo, las cosas que nos son de mucha ayuda en la vida suelen ser percibidas como un regalo. Y la presencia de un regalo hace suponer de inmediato la existencia de un Regalador. Esta reflexión estuvo presente en la mente de muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia, pero no se trata en absoluto de un pensamiento científico. En la naturaleza también existen cosas que nos fastidian la vida, incluso se producen fenómenos que, directamente, la aniquilan de un modo despiadado, y este hecho, curiosamente, no es utilizado casi nunca como una prueba de la ausencia de ese mismo Regalador. La Luna está. Luego veremos si su existencia precisa o no de una entidad superior a ella, pero por ahora, y a falta de más evidencias, digamos que se encuentra ahí, flotando, sin necesidad de que nadie nos la haya obsequiado.
Tú y yo la hemos visto juntos muchas veces. Parece que nos siga al caminar. Esto nos puede provocar la sensación de ser alguien excepcional. A todos nos gusta sentirnos únicos. No soportamos ser simplemente una parte pequeña en un universo que pasa por completo de nosotros. La Luna nos sigue. «Por algo será», pensamos llenos de satisfacción. Sin embargo, la explicación de este fenómeno es bastante sencilla y no implica en absoluto que seamos unos tipos magníficos, dignos de ser acompañados en todo momento por la majestuosa Luna, a modo de fiel sirvienta o como si estuviera rematadamente enamorada de nosotros. Se trata tan sólo de un fenómeno natural. Las cosas cercanas desaparecen rápido de nuestra vista, pero las que están más lejos parecen moverse con nosotros. Si vas en tren, por ejemplo, notarás que los árboles cercanos pasan a tu lado a toda velocidad, mientras que los que están situados a mayor distancia tardan más en desaparecer, acompañándonos un rato en nuestro viaje. Por eso la Luna, que está muy lejos, nos da la sensación de caminar con nosotros.
Cuando eras más pequeño, me preguntabas por qué ese astro se empeñaba en doblar contigo las esquinas. Yo te decía entonces que era para protegerte, que su misión era cuidar de ti y que por eso no quería quitarte el ojo de encima en ningún instante. Entonces, tú te llenabas de un magnífico orgullo, sintiéndote mimado por todo el universo.
Ya sé que se trataba de una mentira, que estaba comportándome contigo de un modo poco científico, pero tenías tres años y algo me provocaba la necesidad de responderte así.
Sin embargo, ahora eres mayor y me apetece contarte los hechos con más rigor. Perderás una parte de inocencia y cierta comodísima sensación de estar protegido por las fuerzas cósmicas, pero ganarás algo mucho más valioso: la alegría de razonar, la ilusión de saber que con nuestro pequeño cerebro los seres humanos somos capaces de entender, al menos en parte, este gigantesco y monumental disparate que nos rodea.
La necesidad de ser cuidados por el universo no es algo que sólo tienen los niños pequeños. Miles de adultos reclaman a gritos lo mismo, en cualquier lugar y durante todas las horas del día. Ése es el motivo por el que se venden a millones ciertos libros en los que se nos asegura, como si fuera una verdad demostrada, que todos estamos de algún modo secretamente conectados con el profundo cosmos. Son unos textos llenos de ingenuidades, comprensibles en un niño pequeño, claro que sí, pero en absoluto en un adulto hecho y derecho como en el que tú estás a punto de convertirte. En esas páginas pueden leerse frases como: «Siempre que un ser humano ansía algo, el universo entero le ayuda a conseguirlo», o también: «Cuando deseas algo con todas tus fuerzas, acabas obteniéndolo». Si lo analizas con atención, verás que en esas palabras se esconde el mismo error infantil que te generaba el deseo de ser acompañado por la Luna, pero pintarrajeado ahora con una capa de barniz científico con el fin de hacerlo más creíble. Pero tú no hagas caso a esas cosas, Ulises. El universo, en realidad, y por mucho que nos pese, parece ir a su bola.
Te voy a contar algo relacionado con la Luna. Su mayor misterio aparente. Un asunto que ha llevado de cabeza a las personas más listas del mundo durante una buena parte de la historia de la humanidad. Será una excelente forma de empezar nuestro recorrido por todo el universo.
…
Fragmento de El Universo para Ulises / Juan Carlos Ortega
